Mi experiencia con la Medicina de Liberación ha sido ganada a través de la combinación de la medicina clínica y salud pública, siguiendo la tradición de cuidado primario orientado por la comunidad hacia la comunidad.
Ver y tratar pacientes de una manera compasiva y digna ayuda a reafirmar la dignidad del individuo, especialmente en un sitio como Chiapas donde rutinaria y sistemáticamente le niegan el tratamiento digno a la gente. Sin embargo, el mejor progreso hacia la liberación ocurre cuando los individuos no solo tienen tratamiento digno, sino que también ven sus problemas en un contexto social y llegan a la realización de que sí pueden trabajar para cambiar la sociedad. Los cambios ocurren cuando el individuo deja de ser solamente el objeto del cuidado para convertirse en la persona que resuelve los problemas.
Un ejemplo de mi experiencia en Chiapas con Doctores para la Salud Global (DGH) es la de cómo lidiar con la desnutrición. Como médica, la mayoría de los pacientes que veía estaban desnutridos; trataba de compartir mi preocupación y con atención, hacia sugerencias para la mejoría del problema. Sin embargo, si los pacientes no tienen acceso a la comida, no hay mucho que ellos pudieran hacer, sin importar lo que yo les aconsejara. La mayoría de los padres salían de la consulta sintiéndose mal de no poder proveer para sus hijos, no habilitados para ayudarlos.
Un día fui a una de las comunidades autónomas donde uno de los médicos mexicanos trabaja con los promotores de salud. Empezaron pesando a uno o dos niños cuyas familias pasaron en frente, pero muy pronto llegaron muchas familias. Los promotores pesaron a los niños y escribieron los pesos en una tabla de desarrollo. En poco tiempo fue obvió que todos los niños estaban desnutridos. Las mujeres comenzaron a hablar sobre las razones por las cuales sus niños estaban desnutridos. Algunas dijeron que era por los parásitos; otras agregaron que los parásitos se debían a la falta de letrinas y al agua inadecuada. Otras dijeron que no tuvieron bastante comida porque tuvieron que trabajar en los campos de otras personas. Otras dijeron que era porque no tenían suficiente comida porque tenían que trabajar las tierras de otros en lugar de cultivar sus propias cosechas y porque tenían que vigilar la comunidad para defenderla de los militares en lugar de recoger la cosecha. Hablaron y hablaron por largo tiempo y después empezaron a pensar en soluciones: construir letrinas, empezar un huerto comunal, lavare las manos antes de comer, seguir luchando por sus derechos a la tierra, educación y representación. En lugar de salir deshabilitadas se dieron cuenta de que no estaban solas y que había mucho más que podían hacer. Fue un paso hacia su liberación de la opresión y marginalización de la pobreza a la que por tantos años han sido sometidas.
-- Joy Mockbee, MD, MPH, es una doctora especializada en el tratamiento de la familia en Tucson, Arizona